Capítulo 1- Un baile de invierno.


15 Nov
15Nov

ABBY


—Lo siento, Abby —repite de nuevo.

Yo niego con la cabeza, no me sirven de nada sus excusas, sus palabras o todo lo que tenga que decirme, han sido cuatro años que está dispuesto a tirar a la basura. La cabeza me trabaja a mil por hora, ¿y ahora qué? ¿No le importo? 

—No lo entiendo, Mason, de verdad que no. Funcionamos bien juntos, nos entendemos y creía que éramos felices —respondo—. ¿Y tiene que ser justo ahora? ¿No te habías dado cuenta de que esto no funcionaba antes? 

Él me mira fijamente, no contesta, será hipócrita. Observo a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos está mirando, no quiero montar un escándalo en la cafetería. Miro el ambiente navideño que ya se respira por toda la estancia, el olor a canela nos rodea y, cuando vuelvo la vista hacia él, lo maldigo en silencio por elegir justamente estas fechas para romper conmigo. 

—Hay alguien más, ¿verdad? —pregunto valiente. Él se calla y esa es la respuesta más clara que podría haberme dado. Maldito el día en que te dejé sentarte a mi lado en clase—. Eres un cabrón, Mason Fletcher —añado cabreada. 

Me levanto de la silla, cojo mis cosas y salgo lo más rápido que puedo de ese sitio. El frío de New York enseguida me rodea, me pongo el abrigo rápido, cuelgo el bolso en mi mochila y me voy directa al metro. Por suerte, está bastante vacío y me siento en una esquina sola, dejo que las lágrimas caigan por mis mejillas, me las limpio con las manos sin dejar que acaben su recorrido. 

No entiendo cómo he podido ser tan tonta, cómo no me he podido dar cuenta antes, pienso en las excusas para no venir a dormir a mi casa o la manera en que me contestaba, ciega de mí, centrada en mis planes de futuro y en cómo serían nuestras vidas juntos. 

En cuanto llego a mi destino, bajo del vagón, saco el gorro de lana del bolso, lo coloco en mi cabeza y espero que el frío de la calle me envuelva de nuevo. Siento cómo el móvil vibra, pero no pienso mirarlo. Observo a mi alrededor y veo las luces navideñas por todos lados, la gente corre de un lado a otro y por primera vez desde que me mudé aquí me siento pequeña, el dolor que noto en el pecho hace que me sienta insignificante. 

Camino admirando las decoraciones, la gente correr, y yo solo pienso en cómo voy ha enfrentarme a decirle a mis padres que, por primera vez en cinco años, Mason no va a pasar las Navidades con nosotros, cómo el chico con el que tenía planes de futuro me ha dejado a pocos días de las festividades más importantes del año. Niego con la cabeza para intentar no pensar en eso ahora, pero mi mente vuelve una y otra vez, el móvil sigue vibrando en mi bolsillo. 

—Oh, ho, ho, ho. ¡Feliz Navidad! —dice alguien a mi lado, me asusto.

 Al girar la cabeza me encuentro a un Santa Claus gordito y con su particular traje. Lleva una campana en la mano y veo que está recaudando dinero para una campaña de recogida de alimentos. Decido frenar, abro el bolso para buscar la cartera, saco unos cuantos dólares y los meto en el cubo. 

—Gracias, bonita, que pases unas felices fiestas —contesta él amablemente.

 Asiento mientras guardo mis cosas y pongo rumbo a mi piso, dos calles más abajo. En cuanto llego a mi pequeño apartamento agradezco el calor que me recibe, sin quitarme nada voy directa al pequeño salón comedor y agarrando un cojín del sofá, lo pongo en mi cara soltando un fuerte grito, intento descargar toda la rabia que siento ahora mismo. 

—Mucho mejor —susurro tras dejarlo de nuevo en su sitio. 

Vuelvo a la entrada y dejo las cosas allí, voy a sacar el móvil del bolso cuando alguien llama a la puerta, abro rezando para no encontrarme con mi ahora exnovio. Pero al otro lado aparece Katie, con su sonrisa enorme y el pelo rapado tintado de rosa. 

—¡¡Abby!! Te he escuchado llegar, preparo café mientras me cuentas esa cosa tan urgente que necesitaba decirte Mason —dice ella entrando como si fuera su casa. Katie fue mi ángel de la guarda cuando me mudé a la Gran Manzana, ella vivía en mi pueblo, es mayor que yo dos años, por cosas del destino empezó la carrera de Veterinaria junto a mí y ahora, seis años después, es mi vecina y mejor amiga. En cuanto me mira a la cara se da cuenta de que algo no va bien, parece leer mi expresión porque enseguida la escucho maldecir. 

»Sabía yo que ese cabrón acabaría haciéndote daño. —Resopla enfadada. Y, antes de que quiera darme cuenta, estoy apretujada entre sus brazos, lo cual acepto encantada y dejo que las lágrimas vuelvan a salir por mis ojos. No sé cuánto rato pasamos en la cocina maldiciendo a Mason, su maldita cara angelical y lo cabrón que ha sido. 

»¿Te ha intentado dar alguna explicación? —pregunta con la taza de té entre las manos. 

—Pues diría que me ha estado llamando. —Y de la nada recuerdo todas las veces que ha vibrado mi móvil. 

Me acerco al bolso y lo busco, veo alertas de todo tipo, lo desbloqueo y cuando veo la cantidad de llamadas algo en mí se remueve, un presentimiento. Al comprobar la lista levanto la mirada alucinada hacia Katie. 

—Mi madre me ha llamado más de veinte veces —susurro asustada. Sin perder el tiempo marco su número y solo necesito oír su voz al otro lado para saber que algo no va bien, su manera acelerada de saludarme, el tono de su voz. 

—Cariño, ¡¡ya era hora!! No quiero asustare, pero ha pasado algo —suelta de repente. Me quedo callada un momento para que prosiga, pero no lo hace. 

—Mamá, ¿qué ha pasado? —pregunto al final. 

—La abuela… —Y solo con esas dos palabras siento que mi suelo se tambalea. Me agarro a la pared más cercana y un sudor frío empieza a descender por mi espalda, empieza a faltarme el aire y los ojos vuelven a llenarse de lágrimas, pero esta vez con el corazón más encogido que nunca.

Katie, asustada ante mi reacción, se acerca para agarrarme, temerosa de que me caiga en cualquier momento. 

—¿¿Abby?? —Escucho la voz de mi madre. 

—¿¿Qué… le pasa?? —balbuceo con la voz rota. 

—Ha sufrido un ataque y se ha desmayado, la ambulancia se la ha llevado y estamos en la sala de espera sin saber nada más —contesta.  Me agarro más fuerte a mi amiga, como si ella fuera la roca que impide que me desmaye. 

—¿Estáis esperando? ¿Os han dicho cuándo os dirán algo? —pregunto con miedo. 

—Pues… —Pero la escucho sollozar al otro lado. Se oye un extraño ruido y una voz masculina habla al otro lado, mi hermano. 

—Hermana, no te preocupes, de momento le están haciendo pruebas y está estable, pero sigue en peligro —explica. 

—Nick, ¿y el abuelo? Me explica que está allí con ellos, los tres, junto a la tía Margaret, están esperando por cualquier novedad. 

—Vendré en cuanto pueda, hablaré con los de mi trabajo y cogeré el primer vuelo que salga —sentencio tras ponerme un poco al día de la situación. 

—No hace falta —intenta convencerme. 

Pero le explico que tengo varios días libres, que además me deben horas por guardias y que debido a la situación sé que mi jefa me dejará tomarme unos días extras a mis ya dos semanas de vacaciones. Después de colgar es lo que hago, llamo a Marian, mi jefa, y le cuento lo sucedido. Me dice que me coja los días necesarios, que ya se espabilarán ellos como puedan. Katie, que por suerte tiene todo el mes de diciembre libre, se ofrece a volver conmigo al pueblo, primero porque no se fía en dejarme volar sola en mi estado de ansiedad y segundo porque ella también iba a volar junto a mí en diez días. 

Nuestro avión sale destino al estado de Utah a las nueve de la mañana del día siguiente y aterrizamos en la ciudad a las doce del mediodía hora local, después de cinco horas de vuelo y un cambio horario de dos horas.  El frío nos rodea en cuanto ponemos un pie fuera del aeropuerto. Cargada con la maleta de mano, la bolsa del portátil y mi bolso, busco la parada del autobús, ese que nos llevará directos a Owergold. 

—Vamos, aquel es nuestro bus —dice Katie tirando de mí hacia el vehículo con las letras luminosas indicando el nombre del destino. 

Nos sentamos una al lado de la otra, listas para otra hora de viaje. Recuesto mi cabeza en su hombro mientras una marea de sentimientos se apodera de mí, ayer me desperté y parecía que todo iba a ir bien, pero nada más lejos de la realidad; acabé sin novio y con mi abuela en el hospital. 

—Vaya mierda, este año me tiene martirizada —espeto en voz alta. 

—No te pongas dramática, tu abuela saldrá de esta, ya te ha dicho tu madre que han podido verla, sobre el capullo de tu ex no quiero hablar —contradice ella. —¿Quién nos iba a decir a nosotras que nuestra estancia en el pueblo se iba a alargar dos semanas? —susurro mirando el paisaje, todas esas casas ya nevadas, decoradas con luces navideñas y las altas montañas de fondo con una manta blanca cubriéndolas. 

—Pues sí, parece mentira que a día diez de diciembre nuestras vacaciones navideñas ya están empezando, porque déjame recordarte, rubia, que tu abuela se recuperará y, con un poco de suerte, encontraremos un buen maromo para que te quites las penas —suelta ella. 

—Sí, claro, entre los de siempre voy a encontrar un chico decente, por favor, Katie, ya sabes cómo está el mercado. Tú como juegas en otra liga… —digo dándole un codazo. 

—Nunca se sabe. —Se encoje de hombros. 

Y, por primera vez en muchos meses, dejo que esos ojos verdes vuelvan a mi mente; él y su sonrisa encantadora. 

—No, no, no —niego enseguida en voz alta. 

—¿Y ahora qué? —pregunta mi amiga. 

—Mi mente es cruel —sentencio. Pasamos el trayecto imaginando todo tipo de cambios entre sus habitantes cuando el cartel de bienvenida aparece ante nosotras, sonreímos nerviosas y justo en ese momento mi móvil suena, una alerta. 

Abby Harris, ha sido usted añadida a un evento
para el próximo veinticinco de diciembre.


Hasta aquí el primer capítulo. Gracias de corazón por darle una oportunidad a la historia de Abby y Jaden.

Mañana nuevo capítulo, no te lo pierdas.

 Recordaros que en mi Instagram tenéis en historias destacadas cosas sobre ellos, en breve llegara un capítulo interactivo, os animo a seguirme para no perderos detalle de las encuestas. 

 Deja tu comentario si quieres que comentemos juntos lo que te parece la historia.

Nos leemos. ❤️❤️🌻



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